Les reconcomían los nervios. Todo había comenzado como un simple juego, un comentario, una curiosidad, algo informal. Él aprovechó la tarde para ir al gimnasio, ella se queda en casa, arreglándose para la merecida situación y dejando todo en orden. Quería estar perfecta.
A las diez, tenían mesa en un céntrico restaurante. Todos los detalles estaban cuidados, en primer lugar una cena tranquila y a continuación… estaba todo por ver. Estaba todo más que hablado pero faltaba ver qué ocurría y como se sucedería la noche. El vino empezó a tranquilizar los nervios, ambos se sentían más relajados ante tanta tensión acumulada. Se miraban, se reían, y hablaban de cualquier cosa banal. Fue una cena tranquila, en una mesa más apartada con vistas al mar, y con una luz tenue, como todas las que habían disfrutado juntos. Salieron del restaurante para dirigirse impacientes hacia el hotel, donde la habitación ya había sido reservada con anterioridad.
Empezaron a coquetear, a besarse, a acariciarse, y el ambiente empieza a caldearse. Una vez ella estaba relajada, el cogió una venda fina y le cubrió los ojos. Todo se volvió oscuro, el sentido del tacto se agudizo. Los besos y las caricias continuaban recorriendo su cuerpo. En ese momento llamaron a la puerta, inevitablemente sus corazones se agitaron a pesar de que ambos sabían que esperaban visita, los dos sabían que era ella, pero solo uno sabía quien era…
En un acto reflejo desencadenado por la impaciencia y la curiosidad, acercó su mano a la venda para intentar deshacerse de ella, pero no, la separó despacio ante la mirada de los dos. Con un susurro al oído volvió a ocultar su rostro. De nuevo empezaron los besos y las caricias, pero ahora para su sorpresa eran duplicados, uno besos lascivos, otros más dulces acompañados de ligeros roces entre cuerpos.
Una hábil mano desabrocho los primeros botones de la camisa, con maestría, quedando al descubierto su provocativo conjunto negro, ajustado, le quedaba perfecto, marcando sus curvas. La camisa dejo paso a la piel, ahora el tacto podía absorber todo el calor del ambiente.
Suavemente le quita la falda, el tanga era negro, con transparencias. Ambos se quedaron observándola, allí tumbada, semidesnuda, excitada, se besaron y luego la besaron, primero ella. Ella al no poder ver a la invitada, intentó dirigir sus manos a su nuca, donde a la vez le acariciaba el cabello, tanteando y percibiendo la suavidad de su piel, deslizando su boca hacia el cuello, y allí fue repartiendo húmedos besos a su antojo, la manoseo, la palpó… Él mientras, estaba en sus pechos y acariciaba a la invitada. Eran uno solo.
Los cambios de postura se sucedían con fluidez, como si cada uno supiera que hacer y qué decir en cada momento. La invitada se dirigió hacia los pechos, al lugar donde confluían todos sus deseos, el calor de su lengua y el ímpetu con el que los succionaba, primero con más cautela, después con más exaltación hacían que su receptora no parara de gemir, movida por el deseo, el placer y el morbo que le producía el no poder ver lo que pasaba en la habitación. Al mismo tiempo abrió lentamente sus piernas, invitándolo a él a acercarse. El acarició sus muslos de manera delicada. La lamió, hasta perderse locamente en el interior de su sexo. Besó sus labios, mordió sus ingles, jugó con su clítoris y arañó indefenso sus piernas y sus nalgas.
Los cambios de postura se sucedían con fluidez, como si cada uno supiera que hacer y qué decir en cada momento. La invitada se dirigió hacia los pechos, al lugar donde confluían todos sus deseos, el calor de su lengua y el ímpetu con el que los succionaba, primero con más cautela, después con más exaltación hacían que su receptora no parara de gemir, movida por el deseo, el placer y el morbo que le producía el no poder ver lo que pasaba en la habitación. Al mismo tiempo abrió lentamente sus piernas, invitándolo a él a acercarse. El acarició sus muslos de manera delicada. La lamió, hasta perderse locamente en el interior de su sexo. Besó sus labios, mordió sus ingles, jugó con su clítoris y arañó indefenso sus piernas y sus nalgas.
-“Hasta que tus dedos tiren de mi pelo y tus gemidos me lo pidan no pararé”. “No me detendré hacerte gritar de placer y provocar que te pierdas exhausta, hasta que estalles de placer dándome tu mejor sabor"-decía el
Tras unos minutos así, se quito la venda. Se rieron, se miraron y se besaron de nuevo. Él quiso mantenerse al margen, quería ver como esta vez eran solo ellas las que se daban placer mutuo. Se acariciaron, se recorrieron sus cuerpos desnudos con sus manos, con sus labios, con su lengua. Se miraban cada vez más descaradamente entre ellas, y a él le miraban controlándole de reojo.
Después de susurrarse al oído, de darse tiempo y placer entre ellas de casi todas las formas posibles, se tumbaron las dos para recibirle. Él se acerco lentamente,ellas deseosas de él…Las dos anhelando poder compartir su ya prominente miembro entre sus bocas y poder sentirlo dentro, bien dentro…

1 comentario:
Aquí ya me pierdo.. mi cabeza echa humo.. no puedo pensar con claridad.. buenísimo... como me gusta.. ya sabes que si...
"El sexo sin amor es una experiencia vacia, pero como experiencia vacia vale la pena vivirla".
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