Descubrimiento fruto del azar, accidente afortunado, llámalo como quieras. Fueron unas horas... no llegó a un día... pero fue como si en ese momento el universo sólo existiera para que estuviésemos juntos.
Se desprendió de su camiseta y se tendió en la cama. Su piel era blanca y aparentemente muy suave. Ella se tumbó a su lado, sin atreverse siquiera a descalzarse, no podía dejar de mirarlo y pensar que tal vez no debería estar allí. Se sentía cansado, cerró los ojos y su imagen de niño inocentemente dormido le inspiró unas enormes ganas de abrazarle y quedarse allí, relajada... Se acurrucó apenas rozándole el cuerpo y dejó que su mente huyese. Él se inclinó levemente y besó su boca tímidamente al principio, con más decisión después... De pronto aquel era su sitio, el único en el que quería estar, ya no se sentía extraña a su lado.
Ya no había ropa, tan sólo piel, labios, lenguas, dientes, sudor, deseo, ansiedad...
Su rostro, la suavidad de su piel abrazándola, esa ternura en su mirada... le transmitía una sensación parecida al Síndrome de Stendhal, cada beso, cada caricia, sentir su respiración tan cerca... una sobredosis de belleza exterior e interior, con su eterno optimismo, su sonrisa perpetua y una dulzura y comprensión inigualables.
Un sueño como otro cualquiera... salvo por el realismo de las emociones sentidas durante aquella de efímera fantasía...







